CAPÍTULO 1
No recuerdo cuándo fue la última vez que alguien me preguntó por qué vivo aquí.
Si alguien lo hiciera, probablemente tendría que pensar la respuesta. Y eso es justo lo que no hago desde que llegué a Campo la Carrera. Pensar en las razones suele ser el primer paso para tener que defenderlas, y aquí nadie defiende nada. Las cosas son como son o dejan de serlo sin que haga falta explicarlo.
Eso es lo que más me gusta de este lugar. Nadie pregunta.
Por la mañana salgo a caminar cuando todavía no hace calor y el aire conserva algo de la noche, una frescura leve que no dura mucho, pero que siempre llega a tiempo. El sendero desciende entre los prados, se hunde lo justo para ocultar el pueblo y luego vuelve a subir, como si no quisiera dejarte ir demasiado lejos.
Camino despacio, sin destino, siguiendo un hábito que no recuerdo haber elegido, pero que ya forma parte de mí. A veces me pregunto cuánto tiempo llevo haciéndolo. Otras veces decido no hacerlo.
Aquí nadie camina solo del todo. Aunque no vayamos juntos, sé que hay otros que despiertan a la misma hora, repiten gestos parecidos y ocupan el mismo silencio. No hablamos de ello. No hace falta. Con el tiempo, algunas personas dejan de ser solo vecinos. No lo acordamos. Ocurre.
El fragmento continúa…